Una maravillosa noche de este enero que parece ahora tan lejano tuve la inmensa oportunidad de abrazar a una guitarra eléctrica preciosa. La segunda guitarra eléctrica a la que abrazo en mi vida. Y aunque su cuerpo parecía rechazar el abrazo, la obligué a balbucear en otro dialecto..... pero sólo un ratito porque no era justo para ella, y era doloroso para mí.... Igual que aquel día de cansancio en Barajas, cuando era una niña, y el chico rubio de piel pálida me dejó la suya recién comprada al otro lado del océano. Entonces yo manejaba acordes, leía partituras y estaba acostumbrada a rasgar cuerdas... pero el efecto no había sido muy diferente.....
Algunas personas sólo hemos nacido para escuchar.

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